Vivir para ver (la tele)

hace 11 horas 16

El domingo noche, terminada la primera parte de la prórroga, las cuatro personas con las que vi el partido aprovecharon para ir a avituallarse a la cocina y me quedé sola, en la terraza de casa de un amigo, frente a la tele. “Va a ser ahora”, pensé. No había nada épico, ni lógico, ni místico en ese absurdo pálpito. Podría haber sido o no.

Casi 17 millones de personas solo en España nos encontrábamos frente al televisor, cada una fabricando un recuerdo. El mío tenía que ser en soledad a modo de burla de una de mis matracas habituales: el poder de la televisión para crear comunidad. Sí, la sensación de pertenencia que uno atesora cuando asiste, tele mediante, a uno de estos acontecimientos que marcan la historia simbólica de un país, trasciende la compañía física, pero, qué duda cabe, toda celebración gana si uno puede abrazar a un ser querido. Todo dolor mengua. La espinita, en cualquier caso, desapareció en cuanto me di la vuelta y vi detrás de mí, a lo lejos, el edificio de la Jiménez Díaz. Y eso que por un día la tele del hospital fue gratis para ver el partido, como si no fuera una vergüenza que haya que alimentarla con monedas el resto.

Disfrutar de una retransmisión en directo es un pegamento de cultura popular equiparable a pocos otros, por no decir único. ¿Entonces por qué, cuando todos llevamos una pantalla portátil encima, la que nos une sigue siendo esa retransmisión convencional que ciertamente agoniza, pero no solo no muere, sino que se crece en estas plazas? Más allá de la fuerza de la inercia, creo que algo relaciona íntimamente las dos ideas: la tele ha sido la principal nodriza de la cultura popular de los últimos 70 años y el pueblo se lo devuelve. No es desidia, son usos y costumbres.

Las redes son comunitarias, pero la única manera de acercarse propiamente a ellas es desde la individualidad. Youtube es la única, por motivos obvios, que le disputa el reinado. Y sus cifras la avalan. Veremos los Oscar allí a partir de 2029, pero sospecho que pasarán generaciones hasta que, como reacción a un imprevisto, alguien diga: “Pon Youtube”. Volver a un Mundial, a unos Juegos Olímpicos, a acontecimientos que han marcado nuestro calendario vital, es también volver a la infancia. Y a lo mejor la tele muere con nosotros, niños criados al calor de una Grundig, de una Philips, de una JVC. Pero más bien parece que moriremos nosotros con ella.

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