Pocas veces he visto llorar a un niño como a Edu. Éramos varios en el parque, cada uno con su Game Boy y todos con el mismo juego cargado: Pokémon, versión roja o azul. Lloraba tanto, tantísimo, porque acababa de perder un Blastoise en el máximo nivel, el 100. Nadie hizo ni un amago de reírse de su desgracia. Su dolor daba escalofríos. Imaginábamos que nos pasase lo mismo, perder a la estrella de nuestro cinturón Pokémon tras tantas horas de entrenamiento, y nos temblaban las piernas. Todos adorábamos a nuestros Jolteon, Lapras o Alakazam. Y que esa pasión no se limitase a la pequeña pantalla de nuestra consola, que tomara cuerpo en una serie de televisión, sí nos hacía muy felices.
Telecinco fue la primera cadena que emitió la historia de Ash Ketchum y Pikachu en España. La primera temporada, de unos 80 capítulos, narraba una historia muy parecida a la del primer videojuego. Los mismos ocho gimnasios, las mismas ocho medallas que conseguir y la misma Liga Pokémon al final del camino. Hubo veranos que me pasé enganchado a la serie en el televisor y al videojuego en mi Game Boy, con breves pausas para comprar pilas que gastaba con preocupante frecuencia.
Algunos episodios de la serie servían como inspiración estratégica para el videojuego. Ahí aprendías que merece la pena apostar por un Magikarp, ese pez inútil cuyo único ataque era Salpicadura. Consistía, sorpresa, en salpicar al oponente sin causarle daño. Con paciencia se acababa convirtiendo en un imperial Gyarados, una especie de dragón acuático que sí ganaba batallas a mordiscos. La serie también te enseñaba que los cambios no siempre son a mejor, como cuando Ash amaga con intercambiar su Butterfree por un Raticate. No es buena idea renunciar a una mariposa con poderes psíquicos por una rata con esteroides.
El paralelismo entre la serie y el videojuego enraizaba las dos experiencias. Frente a la tele pensabas en la suerte que tenía Ash de poder disponer de los tres Pokémon iniciales a la vez (Charmander, Squirtle y Bulbasaur). Y no entendías la ligereza con la que se desprendía de algunos de los mejores. Sí, en la serie tenía todo el sentido narrativo que Ash liberase a Pidgeot, un águila poderosísima, para que protegiese a una bandada de Pidgey salvajes e indefensos. Entiendo que en ese capítulo la serie intentaba enseñar el valor de los cuidados, la generosidad de saber dejar marchar. Yo solo podía pensar en el sinsentido de desprenderse de un tremendo Pidgeot.
Esa brecha, entre la practicidad del jugador del videojuego y las decisiones emocionales de Ash en la serie, cristaliza en la primera película: Pokémon, la película: Mewtwo vs. Mew. En ella, el Pokémon más poderoso de los 150 con los que empieza la saga, Mewtwo, secuestra y clona a varios Pokémon tras engañar a sus entrenadores y retenerlos en una isla. Cuando el proyecto deriva en una pelea entre los originales y los clones, Ash se pone en medio de la batalla para intentar frenarla.
Con mentalidad de videojuego, ¿no habría sido más útil seguirle el rollo a Mewtwo? ¿Por qué no clonar a nuestros Pokémon más fuertes para arrasar en cada batalla? Eso pensó Edu aquella tarde en el parque. Había un truco que consistía en, mientras intercambiabas Pokémon entre dos Game Boy mediante un cable, cortar la conexión en pleno proceso. Normalmente, la interrupción resultaba en que el Pokémon se duplicaba y permanecía en ambos videojuegos. Un clonaje perfecto, un atajo para ganar. Pero no siempre funcionaba, como, amargamente, descubrió Edu. Si no lo hacías bien, el Pokémon se perdía, como le pasó a su Blastoise de nivel 100. Pobre Edu, pero, sobre todo, pobre Blastoise. Él no tenía la culpa de la avaricia de su entrenador.

hace 3 dias
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