‘Tip Toe’: el miedo convertido en ideas

hace 1 dia 49

Admiro mucho la capacidad de Russell T. Davies para abrir discusiones con sus series. Lo habitual es lo contrario, que las ficciones —sean series, películas, teatro o novelas— funcionen como comentarios a una actualidad cuya agenda marcan otros. Son muy pocos los creadores capaces de abrir el campo y propiciar un debate. Davies lo ha hecho varias veces en su ya larga carrera. Dio que hablar incluso en Doctor Who y su secuela, Torchwood, pero estalló definitivamente en su producción de autor, como Queer as Folk y Years and Years. Ahora, con Tip Toe, la serie del verano (en HBO Max), lleva la reflexión sobre la polarización y la incomodidad de lo queer a otro nivel.

Davies retrata el miedo y la perplejidad de un mundo gay que creía haber conquistado la libertad ante la ofensiva cada vez más brava de los nuevos angry young men, que se sienten humillados y, cebados por la basura fascistoide que consumen en las redes sociales, amenazan y agreden con fuerza creciente. Davies ha hecho una serie LGTBI+, pero la tesis podría ampliarse a las mujeres feministas, a los progres y a los inmigrantes. Cualquiera de esos colectivos puede ponerse en el lugar de Leo, el maravilloso, redondísimo y mártir protagonista que interpreta Alan Cumming. La escalada de odio —dice Davies en boca de un par de personajes que monologan como si echaran discursos en la Sorbona en mayo del 68– va a traer mucha violencia fanática.

El problema de Davies es que, para dar fuerza a una tesis que se presenta indiscutible desde el principio, sacrifica la verosimilitud y la caracterización de algunos personajes, que no pasan de la caricatura. Si los malos tuviesen la complejidad de los buenos, el autor no podría impartir tanta doctrina, pues la buena ficción siempre se desliza hacia lo ambiguo y es muy hostil a la moraleja. En otras palabras: en la buena ficción, ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos. Pero en Tip Toe los malos tienen que ser malos para que el mensaje de la serie abra el debate. Davies lo sabe y aplica sin rubor la brocha gorda maniquea, como un moderno Bertolt Brecht. Por eso yo recomiendo ver sus series con la misma distancia que Brecht exigía a su público: no estamos contemplando una imitación de la realidad, sino la escenificación de unas ideas.

Y las ideas, perdónenme, no pueden ser más certeras ni apuntar mejor al corazón casi infartado de esta sociedad histérica.

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