Cuando Mette Frederiksen llegó al Parlamento danés con 24 años, solía advertir a sus compañeros contra la tentación de competir con los populistas en el terreno de la inmigración. “Siempre pueden dar un paso más hacia la derecha”, sostenía en 2001. Un cuarto de siglo después, la primera ministra danesa se ha convertido en una de las principales defensoras del endurecimiento de las políticas migratorias en Europa. Esta semana firmó una carta junto a su homóloga italiana, la ultraderechista Giorgia Meloni, en la que vinculan la “inmigración descontrolada” con la delincuencia y reclaman la creación de centros de deportación en países extracomunitarios. La alianza entre ambas dirigentes resume la transformación de la socialdemocracia en Dinamarca.
Hija de una maestra y un tipógrafo, nieta de sindicalistas y militante de las juventudes socialdemócratas desde los 15 años, Frederiksen creció en un entorno estrechamente ligado al movimiento obrero. “Empezó en el ala más izquierdista del partido y ha acabado desplazándolo muy, muy a la derecha en materia de inmigración”, subraya Noa Redington, exasesor de la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt, primera ministra entre 2011 y 2015.
Durante años, los socialdemócratas perdieron parte de su electorado tradicional en favor del Partido Popular Danés, principal defensor de la línea dura contra la inmigración. Cuando asumió el liderazgo de su formación en 2015, Frederiksen apostó por recuperar a esos votantes. La estrategia quedó clara pocos meses después. Los socialdemócratas respaldaron una ley impulsada por el Gobierno de centroderecha que permitía requisar dinero en efectivo, joyas y otros bienes de valor a los solicitantes de asilo para sufragar parte de los costes de acogida.
El giro también redujo el margen para la disidencia interna. En su biografía, publicada poco antes de llegar al poder, Frederiksen advirtió: “Normalmente, buscaría un compromiso, pero no en política migratoria”. Esa postura zanjó un debate que había dividido durante años al Partido Socialdemócrata.
Tras ganar las elecciones de 2019, Frederiksen impulsó una de las políticas de inmigración más restrictivas de Europa. Su Ejecutivo fijó como objetivo alcanzar los “cero solicitantes de asilo” y trabajó en proyectos para trasladar la tramitación de las peticiones de protección internacional a terceros países, entre ellos, Ruanda. También redefinió el asilo como una protección esencialmente temporal: los refugiados deben regresar a sus países cuando las circunstancias lo permitan. Bajo esa premisa, Dinamarca se convirtió en el primer miembro de la UE en considerar seguras algunas zonas de Siria. La decisión abrió la puerta a revisar miles de permisos de residencia de ciudadanos sirios, años antes de la caída del régimen de Bachar el Asad.
El endurecimiento de la política migratoria choca, sin embargo, con una fuerte demanda de mano de obra extranjera. “La economía danesa depende completamente de la inmigración, pero el tema se ha vuelto tan simbólico para Frederiksen que prefiere no hablar de esa realidad”, sostiene Redington.
Las primeras ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, y de Italia, Giorgia Meloni, el 22 de mayo en Roma.Stefano Costantino (CONTACTO/Europa Press)La dirigente rechaza la idea de que esta evolución suponga una renuncia a los principios de la izquierda. “No ve ninguna contradicción entre defender el Estado del bienestar y mantener un estricto control migratorio”, explica Christoffer Green-Pedersen, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Aarhus. A su juicio, ese viraje no responde únicamente al liderazgo de la primera ministra: el Partido Socialdemócrata llevaba años endureciendo su posición y ella simplemente aceleró esa tendencia. “Si Frederiksen hubiera sido reemplazada como líder, el tono podría haber sido distinto, pero el fondo habría sido exactamente el mismo”, afirma.
Para el analista Lars Trier Mogensen, una de las claves de la mandataria danesa es su capacidad para convertir los sobresaltos internacionales en oportunidades políticas. “Las crisis refuerzan el tipo de liderazgo que prefiere: centralizado, resolutivo y enfocado en la seguridad”, sostiene. Esa misma lógica ha guiado también su política migratoria, planteada desde hace años como una cuestión de orden y seguridad más que de integración o solidaridad internacional. Mogensen cree que la apuesta de Frederiksen pasa por convencer a los votantes de que no tienen por qué elegir entre las políticas de bienestar que tradicionalmente ofrece la izquierda y las posiciones más restrictivas en inmigración que durante años capitalizó la derecha.
Desde esa perspectiva, su acercamiento a Meloni se percibe menos como una contradicción ideológica que como un cálculo político. La relación con la primera ministra italiana, iniciada en 2023 y reforzada en los últimos meses, ha desconcertado a parte de la izquierda europea. “Cuando aparece junto a Meloni reclamando medidas más duras, a la derecha danesa le resulta mucho más difícil presentarla como blanda en inmigración”, sostiene Mogensen. Según el analista, su objetivo ya no es solo defender la posición danesa, sino acercar al resto de la UE a sus postulados.
En su última iniciativa conjunta, ambas dirigentes reclamaron la creación de centros de deportación en terceros países para agilizar la expulsión de solicitantes de asilo rechazados. También utilizaron la crisis migratoria de Ceuta para exigir un mayor endurecimiento de la política fronteriza europea. Esa sintonía, sin embargo, sigue siendo incómoda para muchos veteranos del Partido Socialdemócrata. “A muchos les cuesta ver a la líder de su partido alineándose con Meloni”, señala Redington.
La atención que despierta Frederiksen fuera de Dinamarca se explica también por la debilidad de la socialdemocracia europea. Hoy solo tres gobiernos de la UE están encabezados por dirigentes de esa familia política: los de Dinamarca, España y Malta. En ese contexto, el giro impulsado por la primera ministra danesa se ha convertido en un caso de estudio para sectores de la izquierda europea. En Suecia, donde los socialdemócratas aspiran a recuperar el poder en las elecciones de septiembre, la apuesta por un programa más duro en materia migratoria ha sido interpretada por numerosos analistas como una aproximación al modelo danés.
La inclinación de Frederiksen por un liderazgo fuerte y centralizado ha marcado su forma de ejercer el poder. En 2020, su Gobierno ordenó el sacrificio de entre 15 y 17 millones de visones ante el temor de que una mutación del virus de covid detectada en algunas granjas comprometiera la eficacia de futuras vacunas. La decisión supuso el hundimiento de una industria en la que Dinamarca era líder mundial y derivó en una grave crisis política cuando se comprobó que el Ejecutivo carecía de base legal para ordenar el sacrificio de animales sanos.
La jefa del Gobierno danés, Mette Frederiksen, junto al primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, en un mercado de pescado en Nuuk, el 23 de enero pasado.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)Desde la invasión rusa de Ucrania, Frederiksen se ha convertido en una de las dirigentes europeas más críticas con el Kremlin, ha abogado por un aumento significativo del gasto en defensa y ha sido una firme defensora del apoyo militar a Kiev. Su acogida a los refugiados ucranios contrastó con la dureza de las políticas aplicadas a otros solicitantes de asilo, una diferencia que organizaciones de derechos humanos han citado como ejemplo de un doble rasero en materia migratoria.
Defensa de Groenlandia
La crisis de Groenlandia ofreció una nueva demostración de ese estilo de liderazgo. Cuando el pasado enero, Donald Trump reavivó su interés en la anexión de la isla a Estados Unidos, Frederiksen respondió con firmeza, reivindicando tanto la soberanía de Dinamarca como el derecho de los groenlandeses a decidir su propio futuro y reforzando la presencia militar danesa en el territorio ártico con la ayuda de varios aliados europeos.
El enfrentamiento con el presidente estadounidense impulsó su popularidad en un momento delicado para los socialdemócratas, que venían de encadenar malos resultados en las elecciones municipales y europeas. Convencida de que el contexto le era favorable, adelantó los comicios. Aunque volvió a ganar, tuvo que negociar durante más de dos meses para reunir los apoyos necesarios y formar una nueva coalición de gobierno.
Con 48 años, Frederiksen inició así su tercer mandato consecutivo y se consolidó como una de las dirigentes europeas con más tiempo en el poder. Su creciente influencia internacional contrasta con el desgaste electoral de su partido. Aunque los socialdemócratas se mantuvieron al frente del Gobierno, obtuvieron su peor resultado desde 1903. “Alcanzó su cénit en 2022. Ahora ha comenzado el descenso”, opina Redington.
Pocas figuras en la izquierda europea condensan tantas contradicciones, apoyos y rechazos como Mette Frederiksen. Sus partidarios sostienen que ha encontrado una fórmula para que la socialdemocracia recupere terreno. Sus detractores critican que, en ese camino, ha terminado abrazando parte de la agenda que prometía combatir cuando entró por primera vez en el Parlamento siendo una veinteañera.

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