La escuela después del fracaso

hace 1 dia 26

Algunos adolescentes llegan a la Formación Profesional de Grado Básico después de haber aprendido a ocupar siempre el mismo lugar: el del alumno que suspende, falta a clase o acaba convencido de que estudiar no es para él (o ella). Otros llegan desde mucho más lejos: han cruzado fronteras, apenas hablan español y todavía intentan encontrar su sitio en un país nuevo. A primera vista tienen poco en común, y sin embargo, muchos comparten una misma sensación: la de no sentirse parte de la escuela.

En España son ya más de 84.000 los alumnos que la cursan. Jóvenes que no llegan únicamente con lagunas académicas, sino que también cargan con una relación rota con el aprendizaje. Algunos han pasado años escuchando que no se esfuerzan lo suficiente. Otros simplemente dejaron de entender qué sentido tenía seguir entrando cada mañana en un aula donde solo acumulaban derrotas. Cuando aparecen por primera vez en un ciclo de Grado Básico, el reto ya no consiste solo en enseñarles un oficio o ayudarles a aprobar unas asignaturas. Antes hay una tarea mucho más difícil: conseguir que vuelvan a creer que ese lugar también puede ser para ellos. Esa batalla, coinciden docentes, directores e investigadores, empieza reconstruyendo el vínculo con la escuela.

Eso explica por qué algunos centros están obteniendo resultados que hace apenas unos años parecían improbables. En un contexto en el que poco más de la mitad del alumnado logra completar la FP de Grado Básico (56% entre los estudiantes españoles y 42% entre los inmigrantes), hay institutos que contra todo pronóstico consiguen que muchos continúen hasta titular y den el salto a un grado medio. La pregunta no es qué tienen de extraordinarios esos alumnos.... sino qué hacen de distinto esos centros cuando los reciben.

En el CIFP Tony Gallardo, en Las Palmas de Gran Canaria, la respuesta empezó con una autocrítica. Porque, durante años, habían intentado ayudar a un alumnado que llegaba tras haber fracasado en la ESO... utilizando, en el fondo, las mismas reglas del juego. “Seguíamos haciendo lo que el sistema educativo hacía de manera tradicional”, resume Agar García, su directora. Así que el equipo directivo decidió que el cambio debía empezar por el propio centro.

Para Mónica Moso, responsable del Centro de Conocimiento e Innovación de CaixaBank Dualiza, ahí está precisamente una de las cuestiones más interesantes de la Formación Profesional Básica. Cuando centros con alumnado de perfiles muy similares obtienen resultados tan diferentes, la explicación no puede buscarse únicamente en las características de los estudiantes, sino también en cómo se organiza la respuesta educativa.

Aprender de otra manera

La solución no consistió en hacer pequeños ajustes, sino en replantear por completo la experiencia educativa. El equipo directivo empezó a visitar otros centros para observar qué estaba funcionando con un alumnado que ya había desconectado de la escuela. La conclusión llegó de vuelta a Canarias. “Cuando volvíamos en el avión dijimos: tenemos que transformar esta forma de mirar”, recuerda García. Y eso no pasaba únicamente por introducir nuevas metodologías, sino por revisar qué se enseñaba, cómo se enseñaba y, sobre todo, desde dónde se miraba a unos adolescentes que llegaban con historias de fracaso escolar, absentismo o migración reciente.

La prueba de fuego llegó con la oleada migratoria de 2021, cuando tuvieron que acoger a muchos menores que apenas hablaban español y el centro se encontró con aulas donde convivían jóvenes de múltiples nacionalidades. Entonces, en lugar de intentar que todos se adaptaran al mismo modelo, decidieron construir uno nuevo.

Así nació Navegando con la Básica, un proyecto en el que los estudiantes reconstruían la travesía que les había llevado hasta Canarias y, a partir de ella, enlazaban los contenidos de lengua con los talleres de carpintería, fabricación y actividades domésticas. “Intentamos unir al alumnado español canario, de barrio profundo de aquí de La Isleta, con el alumnado migrante”, explica García. “Estos chicos nos explicaban cómo hicieron esa travesía y, a partir de ella, empezamos a hacer el anclaje curricular”.

Los resultados fueron mucho más allá del aprendizaje del idioma. Disminuyeron los conflictos de convivencia, aumentó la promoción de primero a segundo y muchos jóvenes empezaron a verse por primera vez como personas capaces de aprender un oficio: “Lo que intentamos fue ayudarles a volver a tener confianza en ellos mismos, que se hicieran útiles y partícipes, que al final tuvieran un sentimiento de pertenencia”, añade la directora. Y poco a poco lo fueron logrando.

Ese cambio de enfoque parte de una idea que Laura Gómez ha ido construyendo tras años recorriendo centros educativos de toda España. Fundadora de la plataforma LaBásica.org y de la Fundación Empieza por Educar, sostiene que “cuando analizamos esta etapa, no [debemos] pensar que son los chicos los que fallan, sino el sistema, por no atender sus necesidades”. A su juicio, la pregunta no debería ser qué les ocurre a estos adolescentes, sino cómo puede adaptarse el centro para responder mejor a un alumnado que llega con trayectorias muy distintas.

Un alumno del grado básico en Carpintería y Mueble trabaja en un taller.Un alumno del grado básico en Carpintería y Mueble trabaja en un taller.ISA_SAIZ (CaixaBank Dualiza)

Mucho más que cambiar las clases

Lo que ocurre en el Tony Gallardo no es una excepción. Gómez sostiene que los proyectos con mejores resultados comparten una misma idea de partida: que el alumnado necesita vivir una experiencia escolar completamente distinta de la que le llevó al fracaso. “A estos chicos les tiene que pasar algo diferente a lo que les viene pasando en la educación secundaria. Y a los profes les tiene que pasar también algo diferente”, resume.

Ese “algo diferente” adopta formas muy distintas según el centro, pero casi nunca pasa por volver a sentar a los estudiantes durante horas frente a un libro de texto. En el IES Hermenegildo Lanz, de Granada, el aprendizaje se organiza alrededor de proyectos reales. Uno de ellos, el Hospital de bicicletas, comenzó cuando la Policía Local cedió varias que habían sido abandonadas. Los alumnos de mantenimiento las desmontaron y repararon para ponerlas de nuevo en circulación, mientras los de informática diseñaban la identidad digital de la iniciativa. El objetivo iba mucho más allá de aprender mecánica o programación: era que los estudiantes recuperaran la sensación de que podían hacer algo útil. “Es súper importante trabajar en su autoconocimiento, en su autoestima y desde el éxito”, explica Vanesa Espín, profesora de Informática en el centro.

Mientras, en el IES Almina, en Ceuta, Manuel Maldonado parte de una reflexión similar: si un alumno lleva años desconectando de unas clases excesivamente teóricas, repetir el mismo modelo en la FP de Grado Básico solo aumenta el riesgo de abandono. “Si volvemos a lo mismo, está claro que el alumno se va a aburrir y va a abandonar”, afirma. Por eso, las asiganturas como Matemáticas dejan de enseñarse como una sucesión de ejercicios abstractos y aparecen integradas en situaciones propias del taller: elaborar el presupuesto de una reparación, calcular el coste de las piezas o el margen de beneficio de un trabajo.

Sin embargo, Gómez insiste en que ninguna metodología funciona por sí sola. “Lo que marca más la diferencia es cuando los profes de Básica funcionan como equipo docente”, explica. Los centros con mejores resultados reservan tiempos de coordinación, comparten el seguimiento del alumnado y desarrollan proyectos en los que las materias comunes y los talleres dejan de funcionar por separado. Al final, resume, “la única respuesta es ser la selección española. Un profe excelente, un Mbappé, no te va a ganar solo un Mundial”.

Ese trabajo coordinado también se refleja en el acompañamiento personal del alumnado. En el Hermenegildo Lanz, cada estudiante cuenta con un profesor mentor que lo recibe desde el inicio del curso y mantiene encuentros periódicos para hablar de cómo se encuentra, qué dificultades está atravesando o por qué ha faltado a clase. Un seguimiento individual que busca detectar a tiempo los primeros síntomas de desconexión antes de que pueda convertirse en abandono escolar.

Del reenganche a una nueva trayectoria

Después de meses —y a veces años— intentando que los alumnos vuelvan a creer en sí mismos, muchos docentes coinciden en señalar un momento que puede cambiarlo todo: el día en que entran por primera vez en una empresa. Según una encuesta realizada por LaBásica.org, la plataforma impulsada por CaixaBank Dualiza y la Fundación Empieza por Educar, casi nueve de cada 10 docentes consideran que esa experiencia mejora la motivación de su alumnado, y cerca de la mitad aseguran que alguna empresa ha llegado a plantearse contratar a estudiantes tras su paso por las prácticas.

Pero el verdadero valor de ese primer contacto con el mundo laboral va mucho más allá del aprendizaje técnico. “El nivel de autoestima que adquieren cuando están en la empresa, cuando se les reconoce y van cumpliendo pequeñas tareas y objetivos, se eleva. Esta es una de las claves fundamentales”, sostiene Mónica Moso, responsable del Centro de Conocimiento e Innovación de CaixaBank Dualiza. Muchos de estos jóvenes llegan arrastrando años de suspensos, repeticiones o la sensación de que no sirven para estudiar. Por eso, descubrir que una empresa les confía una tarea real y espera de ellos un trabajo bien hecho puede convertirse en el impulso definitivo para seguir avanzando.

Ese es, precisamente, el objetivo con el que nació la FP de Grado Básico. “Es un nivel puente”, recuerda Moso. Un ciclo pensado para que quienes no lograron terminar la ESO por la vía ordinaria pudieran reconstruir una trayectoria educativa y profesional dando el salto, después, a un ciclo de Grado Medio. Según datos del Observatorio de la FP (a partir de datos de EDUCAbase), seis de cada diez estudiantes que completan un ciclo de este tipo cursan después una titulación de Grado Medio.

El desafío consiste en conseguir que el alumnado llegue hasta ese punto. La mayoría de los abandonos, recuerda Moso, se producen durante el primer curso, y de ahí que defienda reforzar el acompañamiento desde el primer día con un seguimiento individualizado que combine la orientación académica, el apoyo personal y, cuando sea necesario, la coordinación con los servicios sociales. “Triangular y hacer un seguimiento marca una diferencia a la hora de lograr una mayor tasa de titulación en la FP básica”, sostiene.

Más allá de una segunda oportunidad

Después de recorrer estos centros, resulta difícil concluir que la FP de Grado Básico funcione simplemente como una mera segunda oportunidad. Lo que muestran sus experiencias es algo más profundo: cuando cambian las expectativas, las metodologías y el acompañamiento, también cambian las trayectorias de muchos jóvenes que parecían haber agotado todas sus opciones.

Es una idea en la que insiste Gómez: si la FP Básica reproduce las mismas dinámicas que llevaron a esos jóvenes a desconectar en la ESO, difícilmente conseguirá resultados diferentes. Cuando, en cambio, el aprendizaje se vincula a proyectos reales, los docentes trabajan de forma coordinada, el acompañamiento es constante y el alumnado encuentra espacios donde sentirse útil y reconocido, las trayectorias empiezan a cambiar.

Ninguno de los docentes que han participado en este reportaje sostiene que exista una receta infalible. Tampoco que todos los alumnos logren reengancharse. Pero sí comparten una convicción nacida de la experiencia: muchos de los fracasos que durante años se atribuyeron exclusivamente a los estudiantes también tienen que ver con cómo responde a sus necesidades el propio sistema educativo. Cambiar esa mirada no garantiza el éxito de todos, pero abre una posibilidad que para muchos parecía perdida: que la escuela vuelva a ser un lugar donde imaginar un futuro.

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