El enorme y formativo placer de ver lo que (me) echen

hace 4 dias 18

El viernes pasado, tras el España—Bélgica, necesitaba bajar de revoluciones antes de acostarme, así que me di al zapeo, una actividad que he tildado de retro en esta misma columna hace poco. No tuve que viajar lejos: la película que protagonizaba la entrega semanal de Historia de nuestro cine, en La 2, era ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador. El chiste se hace solo: para relajarme, me senté —me tumbé, si les soy sincera— frente a una de las mejores películas de terror de la cinematografía de nuestro país.

Mientras volvía a ver a Tom y a Evelyn, los turistas protagonistas de la historia, adentrarse en la ficticia isla de Almanzora, sorprenderse con su aparente despoblamiento y empezar a toparse con chavales que hacen que Los chicos del maíz parezcan tiernos niños de San Ildefonso, pensaba en lo fácil que me había resultado encontrar algo que ni sabía que quería frente a los minutos que suelo pasar buceando en plataformas hasta dar con algo que echarme al ojo. Y eso que para mí las novedades son casi una obligación, me apetezcan más o menos, y el calendario de series de este periódico, mi guía.

Pero no solo celebraba lo asequible de mi elección, sino también la imprevisibilidad de zapear. A menudo fantaseo con que las plataformas desarrollen un botón del azar, ajeno a algoritmos. Elegir, gracias al video on demand, lo que uno quiere ver de entre una oferta ingente está muy bien, para qué negarlo, pero el placer que, a lo largo de los años, me ha dado recalar en programas, series, películas que en ocasiones ni sabía lo que eran, que, desde luego, no estaban diseñados para mí, y que podían ser hasta impropios para mi edad, es comparable a pocos otros.

Recuerdo con mucha más precisión que cualquier celebración familiar la primera vez que vi Átame, emitida un viernes noche en La gran ilusión, el programa que Concha García Campoy tenía en Telecinco. O aquella vez que en el Megahit de Telemadrid pusieron Lazos ardientes. O, de otro modo, las horas de aburrimiento invertidas en ver teletienda. No hay algoritmo comparable a la curadoría de los programadores de televisión, a veces audaz, otras vaga, sujeta, por supuesto, a intereses comerciales, pero humana. Pienso en cuánto le debo, en las herramientas que uno desarrolla cuando tiene poco donde elegir, en la versatilidad, la capacidad de sorpresa, el gusto por el eclecticismo. Pienso en todo ello y doy gracias a la vida por nacer hija del zapeo.

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