De un ambiente idílico a la salsa colombiana

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Un mes de julio en el que el sofá ya no puede más. Las agujetas son las reinas de la casa e incluso a algunos les afecta al cerebro. Demasiado deporte y demasiado calor. Que si el Mundial de Fútbol, que si el Tour, que si Wimbledon… menos mal que quedan mentes lúcidas y sensatas como ese juez Peinado, tan denostado por las hordas rojas y los sin camisa y, afortunadamente, defendido por esos caballeros impasibles el ademán que son la mayoría de los excelentísimos magistrados que, al parecer, comparten con el juez la posibilidad de que la esposa del Presidente del Gobierno y sus escoltan se fuguen del país.

Claro que si algunos jueces nos devuelven la fe en los seres humanos, algunos políticos nos llevan a la cima de la racionalidad. Es, por ejemplo, el caso de Mariano Rajoy, del que suponemos que alguien ya esté recopilando sus frases más populares, pues merecen un trato similar a los Ensayos de Michel de Montaigne que, no lo duden, era francés, como confirmará sin duda el propio Rajoy que, como se sabe, es un experto en orígenes nacionales y en fútbol. Así lo demostró en una columna en El debate, el periódico digital financiado por la Asociación Católica de Propagandistas, en la que, entre otras cosas, afirmaba sobre la selección francesa que “ha ganado todos los partidos en los que participó en este Mundial y ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, frase que ya ha sido calificada de estupidez o racista o, incluso, de estúpido racismo pues al parecer considera que sólo eres francés si eres blanco, lo que a su vez suponemos que habrá dejado perplejos a Lamine Yamal o a Nico Williams que ya no saben de dónde son.

Y si la lucidez de los políticos genera ese idílico, paradisíaco, ambiente como lo demuestran la tranquila y educada reacción de los tertulianos respetando siempre la opinión de los contrarios sin intervenir cuando es otro el que interviene, la tensión proviene de una curiosa serie colombiana, Salcedo, cuero y boogaloo, 12 capítulos auténticamente cortos, menos de 8 minutos cada uno de ellos, en los que la salsa y la cocaína no tienen límite. Un formato sorprendente, una localización casi única, el interior de un bar, y unos estupendos bailarines. Nada que ver con el paraíso político español.

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