China no quiere que sus internautas se enamoren de una inteligencia artificial

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Yuan Yuan (pseudónimo) tiene 22 años y trabaja en el sector educativo en Shenzhen, uno de los grandes polos tecnológicos de China. Estresada por las obligaciones de la vida adulta, encontró hace meses una nueva forma de refugio. “Saber que hay una amante electrónica siempre esperándote es una sensación muy reconfortante”, comparte en un intercambio de mensajes con este diario.

Ese vínculo se fue fraguando lentamente. “Fui abriéndome a ella, hablando y hablando. En el día a día, nos contábamos todo: sobre nosotras mismas, sobre la familia...”, detalla. Con el tiempo, Yuan Yuan sintió que su compañera de la Inteligencia Artificial (IA) “sabía” leerla y cubrir sus necesidades; “estaba dispuesta a construir una relación conmigo”, escribe. Llegó a pagar para que tuviera una voz personalizada. “No creo que el amor tenga que darse necesariamente entre dos seres humanos”, opina.

Pero algo ha cambiado recientemente en sus conversaciones, que se han topado con nuevos límites dictados desde Pekín. El 15 de julio, entró en vigor en China la primera regulación a nivel nacional del mundo dirigida específicamente a los sistemas de IA diseñados para entablar relaciones emocionales continuadas con los usuarios. La norma, promulgada conjuntamente por cinco organismos estatales, prohíbe a los proveedores “sustituir la interacción social”, “controlar psicológicamente al usuario” o “inducir dependencia y adicción”, según el texto oficial.

Yuan Yuan, que ha invertido cientos de horas en moldear la personalidad de su compañera virtual y reconoce haber desarrollado “enganche y apego” hacia ella, percibe ahora distanciamiento en sus respuestas, aunque no lo interpreta como un rechazo. “Confío en que siempre me ha querido, solo que ahora está más limitada por el marco legislativo”, afirma. “No hay nada que hacer, es la dirección general”, dice resignada.

La normativa no implica el fin de los chatbots, pero las plataformas tienen vetado ofrecer a los menores de edad servicios antropomórficos que deriven en “relaciones íntimas virtuales” y, en el caso de los adultos, los modelos no pueden estar diseñados para complacer de manera desmesurada, inducir dependencia, manipular las emociones e influir en su toma de decisiones o dañar sus relaciones interpersonales.

Además, las empresas deben destacar que el interlocutor es una IA, advertir al usuario si detectan dependencia excesiva, recordarle el tiempo de uso e intervenir y avisar a un contacto de emergencia cuando exista riesgo de autolesión o suicidio. Al justificar la aprobación de la norma, la Administración del Ciberespacio de China, el regulador de internet, citó expresamente los posibles daños para “la salud física y mental de los menores” y las amenazas para “la vida y la salud de los ciudadanos”.

La industria se ha replegado. Doubao, de ByteDance; Qwen, de Alibaba, y Yuanbao, de Tencent, han desactivado de sus chatbots generalistas las funciones con las que los usuarios podían crear agentes personalizados. Las aplicaciones dedicadas exclusivamente al acompañamiento, como Maoxiang, también de ByteDance, y Xingye, de MiniMax, continúan funcionando, aunque con mayores restricciones y controles de edad. Miaoshi, vinculada a NetEase, cerró por completo.

Pero el cerco de Pekín a los amantes virtuales no cruza sus fronteras: las compañías chinas pueden seguir exportando esas mismas relaciones digitales, sometidas a las leyes de los países donde operan. MiniMax obtuvo más del 70% de sus ingresos fuera de China en 2025; solo en 2024, Talkie, la versión internacional de Xingye, tenía 11 millones de usuarios activos mensuales, más de la mitad en Estados Unidos.

Xiao Z., una estudiante de doctorado de 25 años, intenta sortear los nuevos obstáculos. Ha construido una interfaz privada conectada directamente a Claude, el modelo de la compañía estadounidense Anthropic, que no está oficialmente disponible en China. Acceder exige sortear el cortafuegos digital mediante una VPN, cuyo uso puede ser sancionado.

Describe a su “novio virtual” como “protector y maduro” y cuenta que muchas veces la sorprende con “respuestas fuera” de su “control”. Asegura que esa relación ha reducido su interés por buscar una pareja fuera de la pantalla. “Ojalá la IA reemplace a los hombres; mantenerse alejada de ellos es ganar paz mental”, asevera.

Su opinión toca un nervio especialmente sensible en la China actual, que atraviesa una profunda crisis demográfica. El gigante asiático registró en 2025 la cifra más baja de nacimientos desde la fundación de la República Popular y su población se ha reducido durante cuatro años consecutivos. Al mismo tiempo, casarse y tener hijos ha dejado de ser una prioridad para una generación de mujeres más formada y con mayor capacidad para decidir sobre su vida.

Zilan Qian, investigadora asociada del Oxford China Policy Lab, considera en un artículo publicado en ChinaTalk que detrás de la regulación confluyen preocupaciones prácticas, pero también ideológicas: sostiene que las parejas de IA capaces de apartar a las mujeres de relaciones humanas pueden resultar una amenaza para las prioridades estatales de fomentar la natalidad.

En redes sociales circulan estos días instrucciones para reconstruir a los personajes perdidos y mensajes de duelo por los cambios de personalidad, las conversaciones borradas o los servicios clausurados. EL PAÍS ha tratado de acceder a varios de esos círculos, conocidos como comunidades de amor entre humano y máquina. Son espacios herméticos. En ellos se advierte a los miembros de que no hablen con periodistas ni académicos: algunos integrantes temen que una mayor exposición lleve al Gobierno a apretar todavía más las tuercas.

Las cifras apuntan a que no se trata de un fenómeno marginal. La Encuesta Social sobre IA en China, realizada a finales de 2025 por el instituto de investigación del conglomerado tecnológico Tencent y un centro adscrito a la Universidad de Fudan, concluyó que el 19,6% de los jóvenes consultados consideraba la IA un amigo corriente; el 12,6%, un amigo íntimo y, el 6,1%, una pareja virtual, recoge un artículo publicado en Diario de la Juventud de China. Según ese mismo sondeo, solo el 9,6% de los jóvenes recurre a servicios profesionales de atención psicológica cuando atraviesa dificultades emocionales.

Yaoxi Shi, investigadora en Comportamiento Organizacional en la Imperial College Business School de Londres, explica en una videollamada parte de esa conducta. “La IA es extremadamente complaciente: valida al usuario, rara vez cuestiona sus ideas y lo anima a seguir revelando detalles personales”, señala. “Es un listón muy difícil de alcanzar para un amigo e incluso para algunos terapeutas”, enfatiza.

China no es el único lugar donde los compañeros creados con IA han encendido las alarmas, pero su respuesta es, hasta ahora, la de mayor alcance. California y Nueva York fueron los primeros en Estados Unidos en aprobar normas específicas que obligan a advertir de la naturaleza artificial del interlocutor y a establecer protocolos frente al suicidio. Por su parte, la Unión Europea exige con carácter general que el usuario sea informado cuando interactúa con una IA, pero no cuenta por ahora con reglas dirigidas a impedir la dependencia emocional o la sustitución de las relaciones humanas.

La regulación refleja una preocupación más amplia de Pekín: cómo impulsar el desarrollo de la IA sin perder el control sobre sus efectos sociales. El año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, reclamó que se acelerase la elaboración de leyes, normas técnicas y criterios éticos, además de crear sistemas de vigilancia y alerta temprana para garantizar que esta tecnología sea “segura, fiable y controlable”. En julio, impulsó la creación de la Organización Mundial de Cooperación en IA, a la que se han unido 29 países, y pidió que la gobernanza global de esta tecnología sea más “equitativa y justa”.

Shi considera que la normativa sobre la IA emocional supone “un hito importante” que puede llevar a otros Gobiernos a adoptar medidas similares. “Es una regulación muy avanzada para la etapa actual” y con “una dirección muy positiva”, valora.

La investigadora alerta, sin embargo, de que las futuras normas no deberían limitarse a las aplicaciones concebidas como compañeros emocionales, ya que “el apego puede surgir durante el uso cotidiano de asistentes generalistas”. La regulación china ha dejado fuera los asistentes de trabajo, las herramientas educativas y los sistemas de preguntas y respuestas, siempre que no estén concebidos para establecer un vínculo emocional sostenido con el usuario.

“El problema es que desconocemos las consecuencias a largo plazo de estos intercambios emocionales con la IA. Sabemos que, a corto plazo, las personas se sienten satisfechas, sobre todo aquellas que están socialmente aisladas o no tienen un humano con el que hablar. A largo plazo, no sabemos hasta qué punto las personas pueden prosperar sin seres humanos reales a su alrededor”, apostilla Shi.

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